San Dimas, el Adviento y la virtud de la Esperanza
“Hoy estarás conmigo en el Paraíso.”
San Dimas es el nombre tradicional dado al “Buen Ladrón” crucificado a la derecha de Jesús, aquel que se volvió hacia Cristo en sus últimos momentos y oró: "Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino." Las Escrituras no dan su nombre, pero sí la tradición cristiana. El nombre Dimas deriva de la palabra griega (dysme) que significa "puesta de sol". Simbólicamente, refleja el "atardecer" de su vida terrenal —su última hora— cuando se volvió hacia Cristo y encontró la salvación.
El Adviento es la temporada de anhelo y de esperar a al Salvador que llega en silencio, humildad e inesperadamente. Pocas figuras de las Escrituras comprenden este anhelo tan profundamente como San Dimas, el Buen Ladrón. Aunque no sabemos nada sobre cómo vivió Dimas su vida, sí sabemos que sus últimos días no fueron buenos. Fue encarcelado, condenado, no había nada que esperar. Sin embargo, toda su vida conduce a un último momento de claridad, cuando la esperanza rompe la oscuridad y Dimas susurra la oración más sencilla: "Acuérdate de Mi."
El Adviento nos invita a esa misma postura. No pulida. No perfecta. Simplemente honesta, cuando se está “tocando fondo” en la peor obscuridad, sin luz al final del túnel. Sin embargo, algo cobra vida cuando encuentra a Cristo, quien comparte el mismo suplicio.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la Esperanza es la virtud teologal por la cual deseamos el reino de los cielos y la vida eterna como nuestra felicidad, depositando nuestra confianza en las promesas de Cristo y confiando no en nuestra propia fuerza, sino en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo. (CCC 1817)
Dimas nos enseña que la esperanza no nace de la fortaleza sino de la necesidad. El es un ejemplo de la pobreza que nos otorga un "trato preferencial por parte de Dios". Dimas mira a Jesús—magullado, rechazado, muriendo—y de alguna manera, puede ver al rey esperado.
El Adviento nos pide hacer lo mismo: reconocer la cercanía de Cristo incluso cuando Él viene de maneras que no esperamos. Jesús responde no con una vaga seguridad, sino con una promesa concreta: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso." Esto es el cumplimiento de la esperanza: no solo la supervivencia, no la huida, sino la comunión con Cristo. El Catecismo enseña que la esperanza "nos protege del desánimo" y "abre nuestros corazones a la beatitud eterna" (CIC 1818). Dimas recibe esa bienaventuranza directamente de la boca de Cristo.
Mientras esperamos al Señor esta temporada, podemos dejar que Dimas guíe nuestro corazón reconociendo nuestra necesidad de redención y perdón, confiando en que Su misericordia es más fuerte que nuestro pasado y orando con humildad y valentía: "Señor, acuérdate de mí". Y la respuesta de Jesús a Dimas se convierte en Su respuesta hacia nosotros en el Adviento: una promesa de presencia, una promesa de paraíso, una promesa de que la salvación está más cerca de lo que imaginamos.
Que esta temporada despierte en nosotros la misma esperanza valiente que ardía en el corazón del Buen Ladrón—una esperanza, una esperanza que mira a Cristo y no ve derrota, sino la llegada de un Reino.
Esperanza, oh mi alma, esperanza. No sabes ni el día ni la hora. Observa con atención, porque todo pasa rápido, aunque tu impaciencia dude de lo que es seguro y convierte un tiempo muy corto en uno largo. Sueña que cuanto más luches, más demuestras el amor que llevas a tu Dios, y más te alegrarás algún día con tu Amado, en una felicidad y éxtasis que nunca podrán terminar. [Santa Teresa de Ávila, Excl. 15:3]